Cómo Michael Jackson adquirió los derechos de las canciones de The Beatles

Cómo Michael Jackson adquirió los derechos de las canciones de The Beatles

14 de mayo de 2025 0 Por Gregory Riquelme

Lo que comenzó como una colaboración amistosa entre dos íconos del pop terminó en una fractura irreparable.
Michael Jackson y Paul McCartney forjaron una relación genuina en los años ochenta, pero una decisión financiera inesperada marcó el fin de su amistad.

En la constelación de alianzas musicales que definieron el pop del siglo XX, pocas fueron tan prometedoras como la que unió, a comienzos de los años 80, al ex Beatle Paul McCartney y a un joven Michael Jackson en pleno ascenso meteórico.

McCartney, por entonces cerca de cumplir los 40, atravesaba una etapa de apertura artística influenciada, en parte, por el asesinato de John Lennon en diciembre de 1980. Fue en ese contexto cuando, según una publicación de Far Out, recibió una llamada con una voz aguda que confundió con la de una fan. Al otro lado de la línea estaba Jackson, con una propuesta directa: “¿Querés hacer algunos hits?”.

La conexión fue inmediata. Jackson ya había versionado “Girlfriend”, un tema que McCartney escribió para su esposa Linda, incluido en Off the Wall por sugerencia del productor Quincy Jones. Según el propio Jones, la elección de McCartney como colaborador apuntaba a que la industria no pudiera ignorar a Jackson.

La historia detrás de cómo Michael Jackson adquirió los derechos de las canciones de The Beatles

En 1983, durante las sesiones del álbum Pipes of Peace, ambos coincidieron en Londres para grabar “Say Say Say” y “The Man”. La química artística también se trasladaba a lo personal. Fue en ese clima de camaradería que McCartney le habló a Jackson sobre su experiencia como inversor en derechos musicales, recomendándole adquirir catálogos editoriales como una inversión sólida. El ex Beatle ya poseía los derechos de figuras como Buddy Holly y Al Jolson, además de algunos temas tempranos de The Beatles.

Pero lo que parecía una conversación casual se transformaría, sin que nadie lo anticipara, en uno de los capítulos más amargos del pop moderno.

Los derechos del catálogo de The Beatles estaban entonces en manos de ATV, una empresa propiedad del magnate británico Lew Grade, que los había adquirido tras una negociación desfavorable para Lennon y McCartney. Durante los años 70, McCartney intentó recuperar esos derechos sin éxito. Más tarde, el empresario australiano Robert Holmes à Court compró ATV por 40 millones de libras, pero en 1985 decidió ponerla en venta.

Animado por su conversación con McCartney y cada vez más involucrado en el mundo empresarial, Jackson comenzó a comprar catálogos musicales, incluyendo el de Sly and the Family Stone. Cuando supo que ATV —y con ella el corazón del repertorio Lennon–McCartney— estaba disponible, no lo dudó.

El 14 de agosto de 1985, Jackson adquirió el catálogo por 47 millones de dólares, según Far Out. La noticia cayó como un balde de agua fría para McCartney, quien reveló en una entrevista con David Letterman en 2009 que había intentado comunicarse con Jackson para mejorar las condiciones editoriales del dúo compositor. Su esperanza era que el cantante hiciera justicia a décadas de contratos abusivos. Pero, según relató, Jackson le respondió con una frase que selló el distanciamiento: “Eso es solo negocios, Paul”.

Para McCartney, fue una traición. En declaraciones citadas por Express UK, expresó su decepción: “Es una jugada turbia hacer algo así. Ser amigo de alguien y después comprarle la alfombra sobre la que está parado”.

Desde entonces, dejaron de hablarse. McCartney no logró recuperar los derechos y confesó que le resultaba inconcebible tener que pagar cifras millonarias por canciones que él mismo había compuesto junto a Lennon.

En 1995, Jackson transfirió el catálogo a Sony Music, manteniendo una participación accionarial. Décadas más tarde, McCartney encontró una vía legal para reabrir el caso: apelando a una ley estadounidense de copyright que permite a los autores recuperar los derechos tras cierto período de tiempo, demandó a Sony/ATV en Nueva York en 2017.

Semanas después, ambas partes anunciaron un acuerdo confidencial. “Las partes han resuelto este asunto mediante un acuerdo de conciliación”, decía escuetamente el comunicado de los abogados de McCartney.

Pero el vínculo personal jamás se restauró. Michael Jackson murió en 2009 sin haberse reconciliado con su antiguo amigo.

En su autobiografía Moonwalk, el propio Jackson reconoció que ambos aprendieron “por las malas” el valor del negocio editorial y la dignidad del compositor. Su historia compartida quedó como una advertencia sobre los peligros de mezclar amistad y dinero. Una fábula moderna en la que el sonido de la caja registradora terminó silenciando la armonía de una amistad que, alguna vez, fue música pura.

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